“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

—Mauricio Salgado cubrió varias obligaciones de Ricardo. A cambio, Ricardo reconoció una deuda personal.

—Eso ya lo sabemos.

—No toda.

Pasó a la última página.

Había una firma.

La de mi padre.

Y otra condición.

Si la deuda no se cubría dentro del plazo acordado, Mauricio podía exigir judicialmente su pago y hacer valer las garantías correspondientes conforme a lo pactado y permitido por la ley.

No significaba que pudiera aparecer mañana y quedarse con la casa.

Pero significaba abogados.

Juicio.

Dinero.

Tiempo.

Y posiblemente la pérdida de la propiedad si mis padres no lograban resolverlo.

—¿Cuánto deben realmente? —pregunté.

Sofía señaló la cifra.

Mi estómago se cerró.

Era mucho más de lo que cualquiera de nosotros podía pagar de inmediato.

Mi padre comenzó a llorar otra vez.

—Lo siento.

Yo estaba furiosa.

Pero ya no quería salvarlo.

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