“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

Esteban se acercó.

Leyó uno de los registros.

Y se quedó blanco.

—No.

Mi madre lo miró.

—¿Qué?

Esteban me quitó el papel de las manos.

—Ese nombre…

Era el nombre de una empresa.

Servicios del Pacífico del Centro, S.A. de C.V.

Nunca la había escuchado.

Pero Esteban sí.

—Trabajé para ellos —murmuró.

Mi padre se levantó.

—No tiene importancia.

—Claro que tiene importancia —dijo Esteban—. Esa empresa pertenecía a Mauricio Salgado.

El nombre me resultaba familiar.

Mauricio había sido socio de mi padre muchos años atrás.

Después desapareció de nuestras conversaciones.

—¿Por qué el antiguo socio de papá estaba pagando nuestra deuda? —pregunté.

Nadie respondió.

Entonces mi madre hizo algo extraño.

Miró a Esteban.

No a mi padre.

A Esteban.

Y mi hermano retrocedió.

—Mamá… ¿tú sabías?

—No.

—Me estás mintiendo.

El timbre sonó.

Todos nos sobresaltamos.

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