Luego una autorización notarial.
Valeria leyó rápidamente.
—Esto no tiene sentido.
—¿Qué?
Me miró.
—Roberto creó un fideicomiso a nombre de Mateo hace siete años.
—¿Cuánto?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—Más de veinte millones de pesos.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Mi papá jamás tuvo ese dinero.
Valeria abrió otro archivo.
Entonces dejó de respirar.
—No viene de Roberto.
—¿De quién?
Giró la computadora hacia mí.
El nombre del aportante me hizo sentir que el mundo desaparecía.
Elena Hernández.
Mi madre.
La mujer que había muerto cuando yo tenía diecinueve años.
—Eso es imposible.
Pero había documentos notariales.
Estados de cuenta.
Y una carta escaneada.
Dirigida a mí.
Abrí el archivo con manos temblorosas.
“Lucía:
Si estás leyendo esto, significa que alguien finalmente descubrió lo que ocurrió con el dinero que dejé para ti…”