Presioné reproducir.
La voz de mi suegro llenó mis oídos.
“Valeria, necesito que convenzas a Alejandro de firmar antes del sábado. Si revisa los documentos originales, se acabó.”
Dejé de respirar.
Después habló Valeria:
“No pienso engañarlo. Me contrató para revisar las cuentas, no para destruir a su hijo.”
Roberto respondió:
“Ya aceptaste mi dinero.”
“No. Ese dinero está inmovilizado. Es precisamente la prueba.”
La grabación terminó.
Miré hacia donde estaba sentada Valeria.
Ella ya me observaba.
Entonces entendí algo.
Los 2.8 millones no demostraban que ella fuera amante de Alejandro.
Demostraban que alguien había intentado comprarla.
Cuando aterrizamos en Monterrey, Alejandro nos pidió que esperáramos hasta que desembarcara el resto de los pasajeros.
Mateo corrió hacia él.
—Papá, ¿te vas a casar con esa señora?
Alejandro se arrodilló inmediatamente.
—No, campeón.
—¿Entonces por qué dijiste que era especial?
Alejandro miró hacia mí.