Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

Se detuvo.

—Daniela…

—Me pegaste cuando yo acababa de despertar después de dar a luz. Ni siquiera me preguntaste qué había pasado.

—Pensé que…

—Ese fue exactamente el problema.

Mi madre bajó la cabeza y salió.

Cuando la puerta finalmente se cerró, Mauricio se sentó a mi lado.

Durante unos segundos ninguno habló.

Luego comenzó a llorar.

No de una forma escandalosa.

Simplemente se cubrió el rostro.

—Perdóname.

—Tú no hiciste esto.

—Pero sabía que mi mamá tenía problemas contigo.

Eso me hizo mirarlo.

—¿Qué quieres decir?

Mauricio respiró profundamente.

—Desde que supimos que estabas embarazada, empezó a hacer comentarios.

Yo también los recordaba.

Al principio parecían bromas.

“Qué raro que el bebé tenga tanto cabello en el ultrasonido.”

“En nuestra familia todos nacen claritos.”

“Espero que saque los ojos de Mauricio.”

Comentarios pequeños.

Lo suficientemente ambiguos para que, si yo me molestaba, Leticia pudiera responder:

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