Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

Pero había algo más urgente.

Mi bebé.

Una pediatra llegó pocos minutos después. Revisó cuidadosamente sus ojos, boca, respiración y piel mientras las enfermeras retiraban los restos de aquella sustancia.

Yo observaba cada movimiento.

—¿Está bien? —pregunté por quinta vez.

—Hasta ahora está estable —respondió la doctora—. No vemos una reacción importante, pero vamos a mantenerlo en observación.

Sentí que por fin podía respirar.

Mauricio me apretó la mano.

Entonces uno de los guardias habló con Leticia.

—Señora, necesitamos que salga de la habitación.

—No pienso irme sin hablar con mi hijo.

—Mi hijo está aquí —dijo Mauricio señalando la cunita—. Tú ya hiciste suficiente.

Leticia se quedó inmóvil.

—¿Me estás corriendo por ella?

Mauricio soltó una risa seca.

—No. Te estoy sacando por lo que tú hiciste.

Seguridad la acompañó al pasillo.

Mi mamá quiso seguirla.

—Usted también —dije.

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