—Entonces sabes exactamente qué contiene.
—Claro que sé. Yo lo compré.
—¿Cuándo?
—Mauricio…
—¿CUÁNDO?
Nunca lo había escuchado hablarle así.
Leticia bajó la voz.
—Hace unos días.
Sentí que se me cerraba el pecho.
Aquello significaba que no había sido un impulso.
No había visto a mi hijo, había sospechado algo y perdido la cabeza.
Había llegado preparada.
—¿Por qué tenía mi nombre? —pregunté.
Leticia me miró.
Por primera vez desde que desperté, vi miedo en sus ojos.
Pero no miedo por mi hijo.
Miedo de que descubriéramos algo.
—Yo escribí el nombre para no confundirlo con mis cosas.
—¿Tus cosas? —dijo Mauricio—. ¿Cuántos frascos trajiste al hospital?
No respondió.
Mi mamá empezó a llorar otra vez.
—Daniela, perdóname.
La miré.
—Después.
—Hija…
—Después, mamá.
No podía procesar todavía que mi propia madre me hubiera golpeado sin siquiera preguntarme qué estaba ocurriendo.