Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

Dentro estaba el frasco.

Yo apenas alcanzaba a distinguirlo desde la cama, pero vi perfectamente cómo cambió la expresión de mi esposo cuando leyó la etiqueta.

Leticia dejó de llorar.

Y ese silencio me dio más miedo que todos sus gritos anteriores.

—Mauricio —dije—. ¿Qué dice?

Él levantó la mirada.

—Tiene una etiqueta con tu nombre.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi nombre?

Uno de los elementos de seguridad tomó la bolsa antes de que Mauricio pudiera abrirla.

—No lo manipule, señor. Si el hospital decide documentar lo ocurrido, necesitamos conservarlo tal como fue encontrado.

La jefa de enfermeras asintió.

—Y necesitamos saber exactamente qué sustancia estuvo en contacto con el bebé.

Leticia reaccionó entonces.

—¡Están exagerando! ¡No es veneno!

Todos volteamos hacia ella.

La enfermera entrecerró los ojos.

—Nadie dijo que fuera veneno.

Leticia comprendió demasiado tarde lo que acababa de hacer.

Mauricio dio un paso hacia su madre.

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