Cansada.
Despeinada.
Sonriendo.
Mi relación con mi mamá todavía está sanando.
Con Leticia mantenemos distancia.
Y Mauricio aprendió algo que también tuve que aprender yo:
poner límites a la familia no significa dejar de quererla.
Significa decidir qué comportamientos ya no pueden entrar a tu casa.
A veces todavía recuerdo aquella mañana en el hospital.
Las miradas.
La bofetada.
La sustancia sobre la piel de mi hijo.
Pero ya no es el recuerdo que define su nacimiento.
Lo que recuerdo ahora es otra cosa.
La primera vez que, después de que las enfermeras terminaron de revisarlo, me lo colocaron limpio y tranquilo sobre el pecho.
Mauricio se sentó a mi lado.
Nuestro hijo abrió una mano diminuta y atrapó uno de sus dedos.
Mauricio comenzó a llorar.
Yo también.
—Se parece a ti —le dije.
Él negó con una sonrisa.
—No importa a quién se parezca.