La fecha era de tres días antes.
Mi estómago se revolvió.
Todo estaba planeado.
Pero faltaba saber por qué.
Esa respuesta llegó al día siguiente.
Yo seguía hospitalizada cuando Mauricio recibió una llamada de su hermana, Paola.
La puso en altavoz.
—Necesito decirles algo —dijo ella.
Su voz temblaba.
—Mamá lleva meses hablando de Daniela.
—Eso ya lo sabemos —respondió Mauricio.
—No. No saben todo.
Paola respiró hondo.
—Mamá estaba convencida de que Daniela te iba a dejar.
—¿Por qué?
—Porque escuchó una conversación entre ustedes.
Mauricio y yo nos miramos.
—¿Cuál conversación?
—La de la casa.
Entonces lo entendí.
Tres meses antes del parto, Mauricio y yo habíamos discutido por una propiedad.
No era una mansión.
Era una casa pequeña en Zapopan que mi abuela me había dejado años atrás.
Estaba únicamente a mi nombre.
Mauricio nunca había tenido problema con eso.