Mi suegra entró al hospital mientras yo dormía después del parto, cubrió a mi bebé con pintura negra y gritó: “¡Miren todos, este niño no puede ser de mi hijo!”

“Ay, Daniela, todo te tomas personal.”

Mauricio continuó:

—Hace dos meses me preguntó si alguna vez había pensado hacer una prueba de ADN.

Lo miré fijamente.

—¿Y nunca me dijiste?

—Le dije que estaba loca y que no volviera a mencionarlo.

—Eso no responde mi pregunta.

Bajó la mirada.

—No. No te dije.

Aquello dolió.

No como la bofetada.

De otra manera.

Porque significaba que una parte de lo sucedido había estado creciendo frente a nosotros y yo ni siquiera lo sabía.

—¿Por qué sospechaba de mí?

—No lo sé.

Pero sí lo sabía.

Lo vi en su cara.

—Mauricio.

Él cerró los ojos.

—Porque encontró unas fotografías.

—¿Qué fotografías?

Sacó su teléfono.

Buscó durante unos segundos y me mostró una captura de pantalla que su madre le había enviado tres semanas antes.

Era una fotografía mía saliendo de un café en Guadalajara.

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