El peluquero de mi hijo se inclinó hacia mí justo antes de que saliéramos y susurró:

Volteé hacia Mateo.

Mi hijo estaba completamente pálido.

Metió lentamente la mano en el bolsillo de su mochila.

—Mamá… hay algo que no te dije.

Y sacó un pequeño sobre doblado que yo jamás había visto.

El oficial lo reconoció antes de que Mateo pudiera abrirlo.

—No lo abras.

Entonces alguien tocó tres veces la puerta principal.

Mateo miró hacia la entrada y susurró:

—Es él.

La policía corrió hacia la puerta.

Y justo cuando uno de los agentes miró por la ventana lateral, se volvió hacia mí con una expresión que me hizo comprender que aquello no tenía nada que ver con un simple desconocido siguiendo a mi hijo…

El policía levantó una mano.

—Señora, aléjese de la puerta. Ahora.

Abracé a Mateo contra mi pecho y retrocedí hasta la cocina.

Los tres golpes volvieron a sonar.

Toc.

Toc.

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