—Por favor. Solo hazlo.
Diez minutos después estábamos en nuestra casa.
Senté a Mateo en una silla de la cocina y levanté el cabello recién cortado.
Al principio no vi nada.
Después distinguí una pequeña pieza color piel adherida detrás de su oreja.
No parecía una curita.
Tampoco una lesión.
Era un objeto diminuto colocado de manera deliberada.
—Mateo… ¿quién te puso esto?
Mi hijo bajó la mirada.
—No sé.
—Mírame, hijo.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Tal vez fue el señor que me espera cerca de la escuela.
Se me cerró la garganta.
—¿Qué señor?
Mateo tardó varios segundos en contestar.
—El que dice que conocía a papá.
Sentí que las piernas me fallaban.
Su papá, Javier, había muerto tres años atrás.
—¿Desde cuándo habla contigo?
—No sé… varias veces.