El peluquero de mi hijo se inclinó hacia mí justo antes de que saliéramos y susurró:

Me puse de pie.

—¿Quién es?

—No es Ricardo.

Colocó una fotografía frente a mí.

Esta vez sí reconocí al hombre.

Había estado en mi casa.

Había comido en mi mesa.

Había cargado a Mateo cuando era pequeño.

Y había estado conmigo en el funeral de Javier.

Sentí que las rodillas me fallaban.

—No puede ser.

En ese momento sonó el teléfono de Ramírez.

Contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Luego activó el altavoz.

Era uno de los técnicos.

—Recuperamos el fragmento final del video de Javier.

La pantalla volvió a encenderse.

Javier apareció otra vez.

Respiraba rápido.

Y entonces pronunció el nombre de la persona en quien yo había confiado durante años.

El mismo hombre cuya fotografía estaba frente a mí.

Sentí que el corazón se me detenía.

Porque, de repente, entendí algo todavía más aterrador:

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