El peluquero de mi hijo se inclinó hacia mí justo antes de que saliéramos y susurró:

Camisa clara.

Gorra.

Barba entrecana.

—¿Es Ricardo Salgado?

Negué con la cabeza.

—Nunca lo había visto.

Ramírez frunció el ceño.

—Entonces tenemos otro problema.

La matrícula del automóvil había resultado falsa.

Pero el vehículo apareció abandonado horas después cerca de la carretera a Celaya.

Dentro encontraron guantes, varias fotografías de nuestra casa y una copia impresa del horario escolar de Mateo.

También había una fotografía mía.

Tomada desde lejos.

Salía entrando al banco.

Otra entrando al supermercado.

Otra afuera de la escuela.

Nos habían estado observando.

—Quiero sacar a mi hijo de aquí —dije.

—Es comprensible.

—No. Quiero irme de Querétaro.

Ramírez negó lentamente.

—Puede hacerlo, pero primero necesitamos entender qué buscan. Si desaparece sin saberlo, podría llevar el problema con usted.

No quería admitir que tenía razón.

Entonces recordé algo.

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