La terminé de pagar con mis ahorros y nunca la puse a nombre de Rodrigo.
No porque estuviera planeando dejarlo.
Simplemente porque el capital inicial provenía de un bien mío y porque la compra se había estructurado como una inversión personal.
Durante años pensé que algún día la rentaría.
Jamás imaginé que se convertiría en nuestro refugio.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—¿Qué quieres?
—Abre el portón.
—No.
—Daniela, tenemos que hablar.
—Estamos hablando.
Rodrigo bajó la voz.
—Mi mamá perdió el control. Yo no sabía que había lastimado a Elena.
Miré a mi madre.
—Acabo de ver el video.
Silencio.
Solo duró dos segundos.
Pero fueron suficientes.
—¿Qué video?
Ahí entendí algo importante.
Rodrigo no sabía exactamente qué había grabado mi mamá.
—El que te tiene parado frente a mi casa golpeando el portón como desesperado.