Pero había algo que no encajaba.
—Eres médico —dije—. Sabías lo que significaba. ¿Cómo pudiste ocultármelo?
Daniel se acercó.
—Porque cuando me dieron el diagnóstico, Sofía estaba a punto de terminar el ciclo escolar. Tú acababas de perder a tu mamá. No podía llegar a la casa y destruir lo poco que todavía estaba bien.
—¿Y decidiste hacerlo solo?
—Pensé que podía.
—¡Soy tu esposa!
Mi voz se quebró.
—Once años, Daniel. Once años diciéndome que un matrimonio significa cargar juntos lo bueno y lo malo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Levanté el sobre.
—Porque mientras tú decidías qué podía soportar yo, yo estaba en casa pensando que ya no querías estar conmigo.
Daniel palideció.
Eso pareció dolerle más que cualquier otra cosa.
—Nunca dejé de querer estar contigo.
—Entonces, ¿por qué la mentira?