Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—Estoy furiosa contigo.

—Lo sé.

—Pero no voy a dejarte solo.

Sus ojos se humedecieron.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. Vas a contarme todo.

Sacudí el comprobante de la transferencia.

—Empezando por esto.

Daniel guardó silencio durante varios segundos.

Finalmente dijo:

—Ese dinero fue para alguien que conocí hace muchos años.

Mi estómago se cerró.

—¿Una mujer?

—Sí.

Me levanté.

—Laura, espera.

—Me dijiste que no había otra mujer.

—No dije que no existiera una mujer. Dije que no era una relación.

—Eso no mejora nada.

Daniel se incorporó con dificultad.

—Se llama Marcela Ruiz Cárdenas.

M.R.C.

—¿Quién es?

Daniel respiró hondo.

—Alguien a quien le debía algo.

—¿Qué?

Antes de que pudiera responder, tocaron la puerta.

Era Ramírez.

Pero no estaba solo.

Detrás de él había una mujer de unos cuarenta años, cabello oscuro recogido y un folder apretado contra el pecho.

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