El silencio fue brutal.
—Eso es mentira.
Beatriz sacó una hoja.
Era una autorización bancaria.
Abajo aparecía la firma electrónica de Daniel.
Él retrocedió.
—Eso puede falsificarse.
—Claro —respondió mi tía—. Igual que la firma de Mariana.
Ya no sabía a quién creer.
Entonces Beatriz sacó su celular.
—Pero esto no puede falsificarse tan fácilmente.
Reprodujo un video.
La fecha correspondía a dos semanas antes.
Era una grabación de seguridad de un estacionamiento.
Fernanda aparecía entregando una carpeta a un hombre.
El hombre estaba de espaldas.
Después se giró.
Sentí que el corazón se me detenía.
No era Rodrigo.
Tampoco Daniel.
Era alguien a quien conocía desde niña.
Alguien que había estado sentado en nuestra mesa cada Navidad.
Alguien que sabía absolutamente todo sobre los fideicomisos de los Montemayor.
Beatriz detuvo el video justo antes de que pudiera verle completamente el rostro.