Empujé la puerta y entré.
El olor del lugar me golpeó de inmediato: polvo, aceite y metal viejo.
Caminé con cuidado entre las estanterías abandonadas, guiándome por la luz de mi teléfono.
Al fondo encontré un pasillo estrecho que conducía a una zona de almacenamiento subterránea.
Las puertas estaban numeradas.
104.
105.
106.
107.
Me detuve frente a la última.
108.
La llave entró perfectamente.
Pero antes de girarla escuché un ruido detrás de mí.
Me volví.
No había nadie.
Solo las sombras de las máquinas y una ventana rota por donde entraba el viento.
Respiré hondo y abrí.
La habitación era más pequeña de lo que esperaba. Había un escritorio, dos archivadores metálicos y una caja fuerte empotrada en la pared.
Sobre el escritorio descansaba un libro azul.
Sentí que las piernas me fallaban.
Lo tomé.
En la cubierta aparecía el nombre de mi padre y una fecha correspondiente a seis meses antes de mi arresto.