Cuando murió mi madre, se refugió en el trabajo.
Yo crecí entre sus oficinas y los pasillos del almacén.
Mauricio, en cambio, nunca mostró demasiado interés por el negocio. Prefería los coches, las fiestas y las apuestas.
Aun así, mi padre siempre le daba otra oportunidad.
Llegué a la fábrica poco después de las diez de la noche.
Las instalaciones estaban rodeadas por una reja alta. En la entrada había una caseta de vigilancia y una cámara nueva que no recordaba.
Me quedé al otro lado de la calle.
No podía entrar sin llamar la atención.
Entonces vi una pequeña puerta lateral, casi oculta detrás de unos contenedores. La recordaba de cuando trabajaba allí durante mis vacaciones escolares.
Me acerqué y probé la llave que me había entregado don Ernesto.
No encajó.
Probé la otra.
La cerradura giró.