Salió de la habitación.
Yo me quedé sentado, con la copia de su declaración entre las manos.
Durante años había imaginado el momento en que Mauricio admitiría su culpa.
Creía que sentiría satisfacción.
Pero solo sentí cansancio.
La justicia era necesaria.
La venganza, en cambio, no me habría devuelto un solo día de mi vida.
Capítulo 12. El hombre que no sabía pedir perdón
Mi padre y yo tardamos mucho en volver a hablar como antes.
Al principio, nuestras conversaciones eran breves.
Hablábamos de la investigación, de la empresa y de los documentos que faltaban por verificar.
Nunca de los tres años que habíamos perdido.
Hasta que una tarde regresamos a la casa de campo.
El jardín estaba cubierto de hojas secas. El estanque seguía allí, aunque ya no tenía los peces que recordábamos.