Mauricio parecía más viejo. Ya no llevaba la ropa cara ni el reloj brillante que había presumido cuando regresé a casa.
Tenía las manos entrelazadas y no podía sostenerme la mirada.
—No espero que me perdones —dijo.
—Bien. Porque no sé si puedo hacerlo.
Asintió.
—Yo tenía deudas. Mamá me dijo que todo sería temporal. Que solo necesitábamos cubrir algunos pagos y que después devolveríamos el dinero.
—Siempre hay una primera mentira.
—Sí.
—¿Y cuando viste que me acusaban?
Mauricio cerró los ojos.
—Pensé que mamá conseguiría que te liberaran. Después creí que, si confesaba, también iría a prisión. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil era hablar.
Lo miré durante un largo rato.
—Yo estaba encerrado, Mauricio. No podía volver a casa. No podía ver a mi padre. No podía abrazar a mi madre porque ni siquiera estaba viva. Y tú podías detenerlo.