LA BODEGA 108: EL SECRETO QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA MENDOZA

La voz de Mauricio se volvió apenas un susurro.

—Yo estaba en la casa. Vi a mamá entrar en el despacho de papá. Llevaba una carpeta y una botella de agua. Discutieron. Después escuché un golpe.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hiciste?

—Entré cuando ella salió. Papá estaba en el suelo. Todavía respiraba. Quise llamar a una ambulancia, pero mamá me dijo que, si lo hacía, acabaríamos los dos en prisión.

—¿Y lo dejaste allí?

—No. Ayudé a sacarlo de la casa. Lo llevamos a un lugar donde un médico amigo de ella pudiera atenderlo sin hacer preguntas.

Mi padre, que había escuchado la conversación desde la puerta, se puso blanco.

—¿Dónde? —preguntó.

Mauricio reconoció su voz.

Se hizo un silencio largo.

—Papá…

—¿Dónde me llevaron?

—A una clínica privada. Después, cuando despertaste y te fuiste, mamá dijo a todos que habías muerto.

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