Aquella fue la primera vez en nueve días que un adulto me ofreció ayuda sin exigirme nada a cambio.
Y, aunque me costaba admitirlo, estuve a punto de llorar otra vez.
Parte 3: La herencia que mi padre quería controlar
Mauricio me llevó a un hotel modesto cerca del centro de Guadalajara.
No era un lugar lujoso, pero tenía una cama limpia, una ducha caliente y una puerta que podía cerrar con llave.
Cuando entré al baño y vi mi reflejo, apenas me reconocí.
Tenía ojeras profundas, el cabello desordenado y la ropa arrugada de dormir en el coche.
Abrí la regadera y dejé que el agua me cayera sobre los hombros.
Lloré durante varios minutos.
No lloré por el dinero.
Ni por la posibilidad de heredar una fortuna.
Lloré porque, por primera vez desde que había cumplido dieciocho años, podía dejar de fingir que todo estaba bien.