Lo escuché sin interrumpirlo.
—También estoy colaborando con los procedimientos que siguen pendientes. No voy a pedirte que intervengas por mí.
Aquello era diferente.
No porque demostrara que había cambiado por completo.
Sino porque, por primera vez, no estaba intentando hacerme responsable de sus problemas.
—Me alegra que estés buscando ayuda —dije.
Mi padre asintió.
Después se quedó mirando la mesa.
—Cuando te vi irte con aquellas bolsas, pensé que regresarías en unos días. Creí que te asustarías y que terminarías pidiéndome perdón.
Sentí un nudo en el estómago.
—Yo no había hecho nada por lo que tuviera que pedirte perdón.
—Lo sé.
—¿Sabes qué fue lo peor?
Mi padre levantó la mirada.
—Durante mucho tiempo pensé que me habías echado porque no era suficientemente bueno. Creí que, si hubiera trabajado más o ganado más dinero, me habrías tratado de otra manera.