Mi nombre estaba escrito en la parte delantera.
Esta vez, debajo de mi nombre, había una frase:
«Para cuando tenga la edad suficiente para decidir quién quiere ser».
Abrí el sobre con cuidado.
La carta decía:
Querido Emiliano:
Si estás leyendo esto, probablemente yo ya no esté en este mundo. Lamento no haber tenido la oportunidad de sentarme frente a ti, mirarte a los ojos y preguntarte cómo te ha tratado la vida.
No sé qué te han contado sobre mí. Quizá hayas escuchado que fui un hombre difícil, que trabajé demasiado o que permití que el dinero se convirtiera en el centro de mi vida.
Si eso es cierto, no voy a pedirte que me defiendas. Cometí errores. Algunos fueron tan grandes que todavía hoy me pregunto si habría podido evitarlos.
Tu padre y yo pasamos muchos años discutiendo. Yo quería que él comprendiera que una empresa no es solamente una colección de edificios, cuentas bancarias y contratos. Una empresa también es la responsabilidad que tenemos con las personas que dependen de ella.