Escuché un golpe al otro lado de la línea.
Después, la voz de Patricia.
—Roberto, dame el teléfono.
Mi padre la silenció.
—Regresa a casa —ordenó—. Podemos arreglarlo todo.
—¿Qué vas a arreglar?
—Todo.
—¿Me vas a devolver mis ahorros?
No respondió.
—¿Me vas a explicar por qué me mentiste sobre mi abuelo?
—Las cosas son más complicadas de lo que crees.
—Entonces explícame.
—No por teléfono.
Miré a Mauricio.
Él escribió en una hoja:
«No te reúnas a solas con él. Cualquier conversación importante, con asesoría y sin firmar nada».
—Si quieres hablar conmigo, puedes hacerlo en presencia de mi abogado —dije.
Mi padre se quedó callado.
Después soltó una frase que jamás olvidaré.
—No sabes en lo que te estás metiendo, muchacho.
—No. Pero parece que tú sí.
Colgué.
Mis manos temblaban.
Durante unos segundos no pude hablar.