Aquellas palabras me golpearon con fuerza.
Eran exactamente las mismas que había utilizado cuando me echó de casa.
—Entonces no tienes nada de qué preocuparte.
—Escúchame, hijo. Tenemos que hablar de algo importante.
—¿De qué?
—De tu abuelo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué pasa con él?
—Hay cosas que no sabes. Cosas que pueden perjudicar a toda la familia.
—¿Por ejemplo?
Mi padre respiró con fuerza.
—No hagas nada hasta que hablemos personalmente. Ese abogado está aprovechándose de ti.
—¿Cómo sabes que estoy con un abogado?
El silencio fue inmediato.
Demasiado largo.
Demasiado revelador.
—Me llamó alguien —respondió finalmente.
—¿Quién?
—Eso no importa.
—Para mí sí.
—¡Emiliano, soy tu padre!
Por primera vez en muchos años, no sentí la necesidad de obedecer inmediatamente.
—Y yo soy tu hijo. Pero eso no te impidió echarme a la calle el día que cumplí dieciocho años.