Parte 2: La firma que destruyó todas las mentiras de mi padre

Cuando salí, encontré una bolsa con comida y una nota sobre la mesa.

«Come algo y descansa. Mañana tendremos mucho que hacer».

No tenía firma, pero sabía que era de Mauricio.

Me comí dos tortas, una sopa y casi todo el pan que había en la bolsa.

Después me acosté.

Dormí catorce horas seguidas.

A la mañana siguiente, el abogado llegó puntualmente a las nueve.

Traía ropa limpia que había conseguido con ayuda de una persona de su oficina y una carpeta nueva.

—¿Estás listo? —preguntó.

—No.

Mauricio asintió.

—Es una respuesta honesta. Vamos de todos modos.

Fuimos a una notaría donde nos esperaba una mujer de unos sesenta años llamada Laura Méndez.

Era la notaria que había intervenido en la formalización del testamento de mi abuelo.

Me saludó con seriedad, pero sin frialdad.

—Emiliano, lamento mucho las circunstancias en las que nos conocemos. Tu abuelo habló de ti en muchas ocasiones.

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