Le hablé de los documentos cuestionados, de la herencia de su abuelo y de cómo algunas personas habían intentado utilizar el dinero y el control para decidir el futuro de otras.
También le conté que su padre había cometido actos graves por los que tuvo que responder ante la justicia.
Mateo permaneció callado durante un largo rato.
Finalmente, preguntó:
—Mamá, ¿por qué no te fuiste antes?
La pregunta me dolió, pero no me enfadé.
Me senté junto a él.
—Porque a veces las personas que hacen daño también saben ser cariñosas. Porque te hacen creer que tú tienes la culpa. Porque te aíslan poco a poco y terminas pensando que no tienes salida. Y porque tener miedo puede hacer que hasta las decisiones más sencillas parezcan imposibles.
Le tomé la mano.
—Pero quiero que recuerdes algo: nadie tiene derecho a lastimarte para enseñarte una lección. Nunca tienes que ganarte el respeto de una persona obedeciéndola. Y si alguna vez alguien te hace sentir que no puedes decir que no, puedes pedirme ayuda. No voy a quererte menos por contarme la verdad.