Adrián se inclinó hacia su abogado y susurró algo que no alcancé a escuchar.
Su abogado no respondió.
Por primera vez, los tres hombres que había contratado para derrotarme parecían estar calculando cuánto les costaría defender una historia que empezaba a desmoronarse.
Pero todavía no habían visto la prueba más importante.
La que explicaba por qué yo había conservado aquel sobre durante doce años.
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Todo comenzó durante el segundo año de nuestro matrimonio.
Adrián todavía no era el hombre que aparecía en las revistas empresariales ni el empresario que organizaba cenas para políticos, directivos y clientes importantes.
En aquella época vivíamos en un departamento pequeño. Teníamos muebles sencillos, un automóvil usado y una cuenta bancaria que parecía vaciarse más rápido de lo que conseguíamos llenarla.
Yo estaba embarazada de nuestro primer hijo cuando la empresa sufrió su primera crisis.