Se quedó callado.
Entonces hizo una pregunta que nunca habría esperado escuchar de él.
—¿Me odias?
Pensé en las noches que había pasado revisando documentos. En los años en que había dejado de hablar de mis propios logros porque él se burlaba de ellos. En las veces que nuestros hijos me habían preguntado por qué papá nunca estaba en casa.
—No quiero pasar el resto de mi vida odiándote —respondí—. Pero tampoco voy a protegerte de las consecuencias de tus decisiones.
Adrián asintió lentamente.
Por primera vez, no intentó interrumpirme.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que se respete lo que está documentado. Quiero una resolución justa sobre nuestros bienes y las obligaciones pendientes. Quiero que nuestros hijos estén protegidos y que dejes de utilizar su futuro como una herramienta de negociación.
—¿Y si acepto?
—Entonces podremos avanzar sin seguir convirtiendo cada conversación en una batalla.