—Mariana —continuó la abogada—, necesito que me escuches con atención. ¿Tienes a mano la escritura original de la casa?
—Sí. Está guardada en una carpeta dentro del despacho.
—No la entregues a nadie. Y, por favor, no firmes ningún documento que te presente tu esposo.
Ricardo apretó los puños.
—¡Esa casa es mía! ¡Yo pagué por ella!
La licenciada respondió sin vacilar:
—Entonces no debería tener ningún problema en explicar por qué el registro de la propiedad indica algo diferente.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Miré a Ricardo.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió.
—Ricardo, mírame a los ojos. ¿A nombre de quién está la casa?
Su silencio fue más doloroso que cualquier insulto.
Finalmente, la abogada habló.
—Mariana, la propiedad está inscrita a tu nombre. Y según los documentos que hemos revisado, no existe una autorización tuya válida que permita transferirla.