Yo acababa de regresar de una visita al cementerio donde descansaban las cenizas de mi padre. Estaba cansada, triste y deseando terminar con cualquier trámite que me recordara la pérdida.
Él me había besado la cabeza y me había dicho:
«Son papeles aburridos, preciosa. Confía en mí. Así no tendremos que preocuparnos por el dinero durante años».
Yo había firmado.
Sin leer.
Porque lo amaba.
Porque creía que estábamos construyendo una vida juntos.
—¿Puede quitarme mi herencia? —pregunté.
—No puedo afirmarte que haya conseguido hacerlo. De hecho, el fideicomiso podría impedirlo. Pero necesitamos revisar el documento original y solicitar las medidas legales correspondientes cuanto antes.
Saqué la llave que Beatriz me había entregado.
Laura la reconoció de inmediato.
Su rostro perdió el color.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Mi padre la dejó.
Mi abogada se levantó lentamente.
—Entonces todavía hay una oportunidad.