Ni siquiera habían discutido seriamente qué harían con la propiedad después.
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La idea de vender había sido suya apenas después del entierro, cuando creyó que regresar a Guadalajara con menos recuerdos y algo de dinero podría facilitar el divorcio que ya estaba decidida a pedir.
Sin embargo, Javier llevaba meses preguntando por la propiedad.
Meses.
Teresa dejó la nota sobre la cama y sacó el teléfono.
Tenía tres mensajes nuevos de él.
No abrió ninguno.
En cambio, buscó la conversación con Esteban.
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Escribió una sola pregunta.
—¿Quién te dio mi número?
La respuesta tardó menos de un minuto.
—Javier. Me dijo que cuando llegara el momento tú querrías vender rápido.
Teresa sintió que algo dentro de ella terminaba de acomodarse.
No era alivio.
Era claridad.
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Durante veintiséis años había confundido muchas veces la costumbre con la confianza.