Javier había actuado como si la decisión de Teresa pudiera darse por hecha.
Esta vez ella se negó.
Antes de irse del pueblo, Teresa limpió la mesa de Elena.
No volvió a meter la caja en el pozo.
La secó con cuidado y la dejó en la habitación donde su madre había dormido hasta pocos días antes.
Los documentos quedaron protegidos, separados y ordenados.
La casa tampoco se puso nuevamente en venta.
Teresa no sabía si la conservaría para siempre.
Por primera vez entendía que no tenía que decidirlo bajo presión.
Podía reparar el techo.
Podía cerrar el pozo de forma segura.
Podía regresar algunos fines de semana.
Podía vender algún día si realmente lo deseaba.
Lo importante era que ninguna de esas decisiones pertenecía a Javier, a Esteban, a un comprador con prisa ni siquiera al miedo que Elena había cargado durante décadas.