Ese era el hecho.
No necesitaba inventar otros.
Marqué al servicio bancario correspondiente y reporté que necesitaba bloquear el acceso operativo de un usuario de mi empresa y revisar una transferencia que yo disputaba.
No prometieron devolverme el dinero.
Tampoco podían borrar lo sucedido con una llamada.
Pero sí iniciaron el proceso para impedir nuevos movimientos desde ese acceso mientras se verificaba la situación.
Esa diferencia me importó.
Por primera vez aquella noche, algo dejaba de depender de que Javier quisiera explicarse.
Mi teléfono comenzó a llenarse de mensajes.
Primero de él.
Luego de Mercedes.
No abrí ninguno mientras terminaba la llamada.
Cuando finalmente revisé la pantalla, Javier había pasado por varias versiones en menos de veinte minutos.
Al principio decía que yo estaba interpretando todo mal.
Después aseguraba que el pago era temporal.
Luego decía que pretendía devolver el dinero después de que el proyecto comenzara a producir.