Guardé el teléfono.
—Tienes razón.
Sonrió apenas.
—Entonces vámonos y hablamos en casa.
—No dije que fuera a casa.
La sonrisa se le cortó.
Tomé el sobre, mi bolso y el comprobante de la mesa.
También fotografié la pantalla donde aparecía la solicitud de facturación antes de que Andrés retirara el sistema de nuestra vista.
No necesitaba llevarme equipo del restaurante ni discutir sobre grabaciones en medio del comedor.
Ya había pedido que conservaran lo correspondiente a lo ocurrido esa noche.
El resto podía seguir su curso.
Mi prioridad acababa de cambiar.
Ya no era demostrar que Javier me había humillado frente a desconocidos.
Era impedir que siguiera usando mi empresa mientras yo discutía con él sobre nuestro matrimonio.
Mercedes se levantó.
—Estás destruyendo tu familia por dinero.
La miré.
—No.
Fue todo lo que dije.
Porque si intentaba explicárselo, volveríamos al mismo lugar de siempre: ella hablando de obediencia, Javier hablando de confianza y yo justificando por qué tenía derecho a decidir sobre algo que había construido antes de conocerlos.