Los $34,760 pesos seguían pareciéndome absurdos, pero ya no eran el centro de la historia.
Tampoco lo era la copa de vino.
Lo que había cambiado mi vida había ocurrido unos segundos después, cuando metí la mano en el bolso y, por primera vez, no busqué una tarjeta para resolver el problema que Javier me estaba imponiendo.
Busqué mi teléfono.
La servilleta con la que me limpié el rostro aquella noche terminó dentro del mismo sobre donde guardé el comprobante del restaurante y las copias de los documentos que necesitaba conservar.
Meses después, mientras ordenaba papeles viejos en mi oficina, la encontré todavía con una mancha oscura de vino en una esquina.
La sostuve un momento y recordé a Mercedes sonriendo mientras esperaba que yo pagara.
Recordé a Javier diciéndome que nuestro matrimonio terminaría esa noche si no obedecía.
Luego miré la mesa donde seguía funcionando Morales Gestión, con nuevos controles para los pagos y sin accesos basados únicamente en relaciones personales.