Margaret aprendió a organizar su vida alrededor de cinco niños.
Consiguió un pequeño departamento.
Durante el día cuidaba a sus hijos.
Por las noches, cuando Helen podía quedarse con ellos, limpiaba oficinas.
También comenzó a coser ropa para otras familias.
Trabajaba hasta que los dedos le dolían.
Cada dólar tenía un destino.
Leche.
Pañales.
Renta.
Electricidad.
Medicinas.
Zapatos.
Nunca sobraba nada.
Pero Margaret siempre encontraba una manera de celebrar los cumpleaños.
Preparaba un pastel grande.
Colocaba cinco velas.
Y cantaba cinco veces, una para cada hijo.
Cuando los niños comenzaron la escuela, aparecieron nuevas dificultades.
Algunos vecinos murmuraban.
Otros preguntaban de manera indiscreta por el padre.
Había quienes miraban a Margaret, una mujer blanca, caminando con cinco niños negros, y suponían que era su niñera.
Una tarde, cuando los quintillizos tenían siete años, Joshua regresó de la escuela llorando.