Él retrocedió.
—No.
—¿Qué?
—¡No pueden ser míos!
Margaret sintió que el corazón se le detenía.
—Richard, por favor…
—¡Me engañaste!
Una enfermera se volvió hacia ellos.
—Señor, necesita bajar la voz.
Pero Richard no escuchaba.
—¡Me hiciste creer que estos niños eran míos!
Margaret comenzó a llorar.
—Nunca te he sido infiel.
—¡Míralos!
—Los estoy mirando. Son nuestros hijos.
Richard negó con la cabeza.
—No voy a criar a los hijos de otro hombre.
Margaret intentó incorporarse, pero el dolor de la cirugía la obligó a detenerse.
—Richard, no puedes decir eso.
Él tomó su abrigo.
—Mi familia jamás aceptará esto.
—¡Son tus hijos!
Richard se dirigió hacia la puerta.
—No vuelvas a buscarme.
Y se marchó.
Margaret lo llamó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pero él no regresó.
Aquella noche, mientras las enfermeras vigilaban a los cinco recién nacidos, Margaret permaneció despierta.