Otra vez pasó tres meses ahorrando para pagar el viaje de Samuel a una competencia académica.
Nunca les dijo cuánto le costaban aquellos esfuerzos.
Pero los niños lo sabían.
Veían sus manos cansadas.
Sus zapatos desgastados.
La forma en que a veces decía que ya había cenado cuando en realidad había dejado la última porción para ellos.
Cuando cumplieron dieciocho años, los cinco se graduaron de la preparatoria.
Margaret estaba sentada en primera fila.
Llevaba un vestido azul oscuro que había cosido ella misma.
Aplaudió hasta que le dolieron las manos.
Aquella noche los reunió alrededor de la mesa.
—Estoy orgullosa de ustedes.
Daniel sonrió.
—Mamá, todavía no hemos hecho nada extraordinario.
Margaret negó.
—Han crecido siendo buenas personas. Eso ya es extraordinario.
Los cinco la abrazaron.
Y por primera vez en muchos años, Margaret sintió que el futuro podía ser menos difícil.