Su madre, Eleanor Hayes, fue a visitarlo.
—Hijo, tienes que recuperarte. Olivia está muy preocupada.
Alexander levantó lentamente la cabeza.
—No vuelvas a mencionar su nombre.
Eleanor frunció el ceño.
—Olivia no tuvo la culpa del accidente.
Alexander golpeó la mesa.
—¡Yo prometí recoger a Grace!
Su madre retrocedió.
—Era una niña de cuatro años, mamá. Estaba esperándome.
Eleanor suspiró.
—No puedes cambiar lo ocurrido.
Alexander se cubrió el rostro.
—Eso es lo único que sé.
Aquella noche entró por primera vez en la habitación de Grace desde el funeral.
Todo estaba exactamente como ella lo había dejado.
Su cama pequeña.
Sus dibujos.
Las estrellas adhesivas del techo.
Y un calendario infantil colgado junto a la puerta.
Alexander se acercó.
Había un corazón rojo dibujado alrededor de la fecha del cumpleaños de Olivia.
Debajo, con letras torcidas, Grace había escrito: