Rosa cerró los ojos.
Yo sentí una tentación absurda de levantarme e irme.
No por enfado.
Por respeto.
Por miedo.
Porque una carta de un hombre muerto pesa más que cualquier palabra de un vivo.
Pero Rosa abrió los ojos y me buscó.
“Quédate.”
Fue una palabra sencilla.
Pero me sostuvo entero.
Carmen puso el sobre en la mesa.
Rosa lo abrió con mucho cuidado.
Dentro había una hoja doblada.
La letra no era de Rosa.
Era firme, algo inclinada.
Rosa empezó a leer en silencio.
Yo no intenté mirar.
Miré mis manos.
Miré la taza.
Miré una fotografía de Diego riéndose con una camisa de cuadros.
Entonces Rosa me entregó la carta.
“Léela conmigo”, susurró.
Yo negué casi por instinto.
“No hace falta.”
“Sí hace falta.”
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no había miedo en ellos.
Leí.
La carta no era larga.