Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

Luego me miró.

“Y tú eres parte de mi vida.”

No sé por qué esa frase me dio más fuerza que cualquier promesa.

Llamó al timbre.

Tardaron en abrir.

Escuchamos pasos lentos detrás de la puerta.

Después apareció Carmen.

Era una mujer pequeña, de pelo blanco y ojos claros.

Tenía la cara de alguien que había aprendido a vivir con una ausencia sentada a la mesa.

Al ver a Rosa, se llevó una mano al pecho.

“Rosita…”

Rosa empezó a llorar antes de decir nada.

Carmen abrió los brazos.

Y Rosa entró en ellos como una hija que vuelve tarde a casa.

Yo me quedé un paso atrás.

No sabía si debía mirar o apartar la vista.

No sabía qué lugar ocupaba un marido nuevo en un abrazo lleno de un hijo muerto.

Carmen fue la primera en mirarme.

Sus ojos se detuvieron en mí.

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