Se le quebró un poco la voz.
“Pero cuando te conocí, empecé a alejarme.”
Esa frase se me quedó en la garganta.
Rosa levantó los ojos enseguida.
“No por ti. No porque tú me lo pidieras. Nunca me pediste nada así.”
Respiró hondo.
“Me alejé porque me daba vergüenza estar viva.”
Me dolió escuchar eso.
No de una forma ruidosa.
De una forma lenta.
Como si alguien hubiera puesto una piedra sobre la mesa entre los dos.
“Rosa…”
Ella negó suavemente.
“Me daba vergüenza querer a otro hombre. Me daba vergüenza volver a reírme. Me daba vergüenza entrar en casa de Carmen con alianza nueva en el dedo.”
Miró su mano.
La alianza brillaba poco.
Era sencilla.
La elegimos así porque ninguno de los dos quería una boda grande.
Solo queríamos un día tranquilo, con poca gente y una comida larga.
Yo recordé cómo Rosa había sonreído aquel día.