Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

Después dijo:

“Hay algo más que nunca te he contado.”

Sentí una punzada en el pecho.

No por celos.

Por miedo.

Porque cuando uno ama a alguien que ha sufrido tanto, aprende a tener miedo de cualquier palabra que empiece con esa frase.

“¿Qué es?”, pregunté.

Rosa miró hacia la ventana.

“La madre de Diego vive todavía en Valladolid.”

Yo no sabía qué decir.

En siete años de matrimonio, Rosa nunca me había hablado de ella.

Sabía que Diego había tenido padres, claro.

Sabía que había existido una familia antes de mí.

Pero todo aquello estaba en la misma habitación cerrada que yo nunca había sabido cruzar.

“Se llama Carmen”, dijo Rosa. “Tiene setenta y seis años.”

Asentí despacio.

“¿Seguís en contacto?”

Rosa negó con la cabeza.

“No como antes.”

Bajó la mirada.

“Después del accidente nos veíamos mucho. Demasiado, quizá. Ella me miraba como si yo fuera lo último que quedaba de su hijo. Y yo la miraba como si ella pudiera explicarme por qué él ya no estaba.”

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