Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

Un niño con una pelota.

Nada extraordinario.

Y sin embargo, para mí todo era distinto.

Rosa caminaba a mi lado.

No delante.

No detrás.

A mi lado.

En una esquina se detuvo.

“¿Sabes una cosa?”, dijo.

“Dime.”

“Durante mucho tiempo pensé que querer otra vez era traicionar.”

Me miró.

“Ahora creo que la traición habría sido dejar de vivir.”

No contesté enseguida.

Porque algunas frases necesitan espacio para quedarse.

Después dije:

“Yo también aprendí algo.”

“¿Qué?”

“Que amar a alguien no es ocupar todo su corazón.”

Le apreté la mano.

“Es cuidar el sitio que te deja.”

Rosa apoyó la cabeza en mi hombro un segundo.

Seguimos andando.

Y aquella noche, al volver a casa, la caja de madera siguió en la balda baja.

No escondida.

No olvidada.

Solo en su sitio.

Como Diego.

Como yo.

Como todo lo que nos había hecho llegar hasta allí.

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