Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

De cómo me pongo serio cuando corto cebolla.

De que hago las tostadas demasiado tostadas.

De que cuando estoy preocupado ordeno los cajones.

“Te conozco, Sergio”, me dijo.

“Más de lo que crees.”

Yo sonreí.

“Eso me asusta un poco.”

“Pues debería. Sé todos tus trucos.”

Nos reímos.

Una risa tranquila.

De casa.

De presente.

Pasaron los meses.

Fuimos a ver a Carmen varios domingos.

Al principio yo seguía sintiéndome visitante.

Me sentaba recto, hablaba poco y aceptaba café aunque ya hubiera tomado dos.

Pero Carmen empezó a tratarme con una naturalidad que desarmaba.

Me preguntaba si trabajaba mucho.

Me regañaba si estaba delgado.

Me daba sobras en un recipiente y decía:

“Para que no cenéis cualquier cosa.”

Un domingo llevé el cuaderno de recetas.

Habíamos intentado hacer una de las tortillas de Diego.

Salió mal.

Muy mal.

Demasiado seca por fuera y casi cruda por dentro.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *